ucía
Siento su respiración acercarse, como si cada bocanada de aire que exhala desplazara el espacio entre nosotros, reduciendo el vacío hasta convertirse en una vibración suspendida. Sus dedos, posados en mi cadera, apenas se mueven, pero el calor que irradian ya lo dice todo, como un lenguaje mudo, una espera contenida, una orden que no reclama palabras. No presionan, esperan. Y sé que en nuestro lenguaje, la espera ya es un avance, un cruce.
Podría desviar el cuerpo, levantar la mano, cerrar la puerta. Pero no me muevo. Permanezco allí, inmóvil, congelada y, sin embargo, lista para ceder. Y en esta inmovilidad, él lee mi respuesta.
Entonces, él comprende.
Sus manos suben lentamente, deslizándose con una precisión casi inquietante, como si cada milímetro recorrido debiera respetar una regla invisible, una arquitectura íntima cuyos planos secretos solo él habría captado. No me toma, me traza, me reclama sin brutalidad, con esa reserva que hace temblar más que una conquista.
Cierro lo