ucía
Siento su respiración acercarse, como si cada bocanada de aire que exhala desplazara el espacio entre nosotros, reduciendo el vacío hasta convertirse en una vibración suspendida. Sus dedos, posados en mi cadera, apenas se mueven, pero el calor que irradian ya lo dice todo, como un lenguaje mudo, una espera contenida, una orden que no reclama palabras. No presionan, esperan. Y sé que en nuestro lenguaje, la espera ya es un avance, un cruce.
Podría desviar el cuerpo, levantar la mano, cerrar