Michel
La noche ha sido larga, pero no silenciosa. Cada contracción, cada respiro de Lucía resonaba como un tambor en mis nervios, vibrando hasta llegar a mis manos posadas sobre las suyas. La miro, suspendida entre el esfuerzo y la concentración, y mi corazón se encoge y se dilata a la vez, como si cada latido quisiera absorber toda la belleza y el miedo del mundo.
— Michel… yo… no sé si puedo… murmura entre dos respiraciones jadeantes.
— Tú puedes —murmuré, con la frente contra la suya—. Eres