Michel
La habitación aún huele a sudor y placer. La luz se filtra más clara, dorando nuestras pieles marcadas por la fiebre del alba. Lucia se ha dejado caer de nuevo contra mí, sus párpados pesados, su aliento languideciente. Pero no quiero que este momento se apague como una brasa. Quiero mantenerlo, estirarlo, anclarlo en su memoria tanto como en la mía.
Me incorporo lentamente. Ella gime, protesta por dejar mi calor, pero paso mis brazos alrededor de ella, la levanto como si no pesara nada.