Lucía
Después del desayuno, me quedo un momento mirando mi taza vacía. El líquido negro ya no tiene el sabor esperado. Me pregunto si debería decir algo, protestar, negarme... pero las palabras se quedan atascadas en mi garganta. Sus ojos, fijos en mí, ardientes e inmutables, hacen que cualquier resistencia sea inútil.
— ¿Quieres un café para llevar?
— No... está bien.
Siento su sonrisa, apenas perceptible, pero suficiente para hacerme estremecer. Él ya sabe lo que pienso incluso antes de que lo formule. Todo se desliza sobre mí como una evidencia que no he elegido, y eso me incomoda, aunque no me atreva a admitirlo.
— Verás, te he preparado algo que te va a gustar.
Levanto una ceja, insegura. La curiosidad se mezcla con la incomodidad, con esa sensación de que me dejo llevar a pesar de mí misma. Mi instinto me susurra que me mantenga alerta, pero una parte de mí, más débil, quiere descubrir lo que ha planeado.
Matías
Ella no se da cuenta, pero cada titubeo, cada inflexión en su voz,