Lucia
La luz de la mañana se filtra a través de las pesadas cortinas, dorando el aire de la habitación con una dulzura engañosa. Es una luz de paz, casi irreal, que aún no sabe lo que ha sucedido en este espacio cerrado unas horas antes.
Me despierto en el hueco de su brazo, mi mejilla contra su cálido torso, mi piel pegada a la suya. Él respira lenta y profundamente, como un hombre que duerme sin miedo. Yo no me atrevo a moverme, atrapada entre el deseo de quedarme allí y el de alejarme de esta cercanía.
En mis labios, aún siento ese sabor a sal y calor. En mi vientre, una languidez pesada, cálida, que pulsa suavemente como un recuerdo demasiado vívido.
Intento apartarme. Su brazo se ajusta.
— Buenos días… murmura, con la voz baja, casi rasposa, como si las palabras aún estuvieran hinchadas de sueño y de otra cosa, más densa.
Desvío la mirada.
La incomodidad me invade de repente. Las imágenes de la noche se imponen: mi voz ahogada, mis gestos descontrolados, mis gritos que no he aho