Anna
Él está a tres pasos de mí.
Sus manos cruzadas en la espalda. La espalda recta. La voz baja. Y esa mirada… ese ojo tranquilo de un hombre que sabe que tiene tiempo. El tipo de hombre que nunca eleva la voz porque no lo necesita. Habla, y ya todo a su alrededor se silencia.
Lo conocí así.
Y lo odié por eso.
— No has cambiado, dice.
No respondo.
Mi aliento es corto, pero no retrocedo. Me mantengo frente a él, las manos vacías, pero el corazón armado. Y esa puerta, detrás de mí, como una ven