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La declaración posesiva de Dante Ashworth, "Eres mía, y serás mía mientras yo viva", resonó en el pasillo lateral del Hotel Metropolitan, como un juramento de posesión absoluta que vibró en el aire frío. Dante estaba seguro de que Karina volvería con él por las buenas, pero si no funciona, sería bajo sus propias reglas.

Karina Harroway sintió un escalofrío de rabia helada. La forma en que Dante la veía, no como una mujer ni una colega, sino como una propiedad a ser asegurada, desató una furia incontrolable que le quemó la garganta. Karina siempre se consideró el objeto de Dante, aquello que ostentaba como si pieza más valiosa.

Nunca la consideró una mujer o una aliada.

—¡Estás enfermo! ¡Tienes la mente podrida! —exclamó Karina, y sus ojos azules destellaron de rabia—. ¡Nunca! ¿Me escuchaste bien? Nunca en la vida me tendrás como mujer. Ya tu tiempo pasó, Dante. Te di lo mejor de mí. Te di mi visa, mi juventud, mis mejores años. Te di mi corazón y lo aplastaste como una flor muerta.

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