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En el fastuoso vestíbulo del Hotel Metropolitan, rodeado de cristal y mármol relucientes, Dante Ashworth se sentía fuera de sí. Su reloj marcaba diez minutos para el inicio de la Recepción Anual de Bienes Raíces en el Piso veintiocho. Todo lucía tal como él lo solicitó, que pareciera que entraran al castillo de la reina o en el Vaticano, todo lleno de oro. Le encantaba la decoración, los invitados y la elegancia que su apellido le brindaba.

—Señor Ashworth, debemos subir —apremió el señor Wells, su asistente, visiblemente nervioso—. Pero la señora Karina aún no ha llegado, y su teléfono sigue...

—¡Cállate! —cortó Dante, con un tono bajo y peligroso que heló a Wells—. No quiero que repitas lo que ya sé.

Dante estaba en un estado de furia gélida. Había enviado el vestido carmesí como una orden silenciosa, esperando que ella acudiera obedientemente para mantener la fachada. En tres años de matrimonio, ella siempre había obedecido, y era la primera vez que la digna y linda Karina no hacía lo que él pedía.

—No puede ser —masculló Dante, sacando su teléfono por enésima vez. Marcó el número y la misma voz mecánica le devolvió el mensaje: «El número marcado está apagado».

Su humillación era pública. Había periodistas, personas influyentes, socios y empresarios reunidos, y esperaban que la señora Ashworth apareciera flamante y elegante como siempre, de la mano de su esposo Dante Ashworth.  Necesitaba a su esposa para proyectar estabilidad y enterrar el rumor de la guerra declarada por Teo Harroway. Sin Karina a su lado, él parecía vulnerable, y eso era un pecado capital en el mundo de los negocios.

Justo en ese momento, una figura familiar se acercó con deliberada elegancia. Era Olivia Neely, luciendo un vestido de noche plateado que atrapaba todas las luces del vestíbulo. Olivia sabía que Karina no iría. No necesitaba ser adivina para saber que después de considerarlo infiel, se alejaría por completo de él.

—Dante, qué casualidad —susurró Olivia, acercándose con una sonrisa que no alcanzaba a iluminar sus ojos—. Estoy aquí, lista. Me parece que la señora de la casa no llegó, y no puedes estar solo. Te prometí que si me necesitabas para algo...

Dante sintió la presión de todas las miradas y los murmullos. Necesitaba un acompañante de inmediato, y Olivia, aunque comprometía su orgullo, era una aliada poderosa.

—Bien —aceptó Dante con un movimiento de cabeza brusco, permitiendo que ella se colgara de su brazo—. Wells, al ascensor.

Mientras tanto, en el Piso dieciocho, la Recepción Anual de la Sociedad de Andrología era un ambiente vibrante, lleno de conocimiento y respeto mutuo. Karina estaba aterrada de que le preguntaran por su esposo o indagaran sobre su vida marital. Se mantuvo alejada de los chismes por años, y no quería que su regreso al mundo médico fuese opacado por Dante.

Karina Harroway hizo su aparición, no en el color champán profesional que había planeado Teo, sino en el vestido rojo carmesí que Dante le había enviado. Había elegido usar la ostentación de él como una audaz declaración de independencia. El rojo intenso, combinado con su innata elegancia, la volvía un espectáculo visual.

Karina iba del brazo de Julian Harroway, su hermano adoptivo y escolta. Julian, impecable en su traje de diseño, sintió que la atención colectiva se posaba sobre ellos, y su vanidad brilló. Era la escena que había anhelado en silencio: ser el hombre junto a Karina en el centro del escenario. Eran solo ellos dos, como siempre quiso.

Los murmullos se extendieron por el salón con rapidez:

—¿Quién es ese hombre? ¿Un médico famoso? —comentó alguien con curiosidad mientras sostenía su copa de champan—. La mujer a su lado es realmente deslumbrante.

—No lo reconozco, no lo había visto antes —respondió con cortesía—. Es demasiado joven para ser una eminencia.

—¡Él no es el protagonista! La mujer a su lado lo es —aclaró una figura veterana en el campo—. Es la nieta del doctor Harroway, la hija de la famosa doctora Harroway. Cuando era niña, causó revuelo en el campo con su famosa cirugía 819 en el nervio femoral. Luego escuché que se casó con ese magnate, Ashworth, y desapareció...

Los cuchicheos se hicieron más grandes a medida que Karina se balanceaba como un barco en medio de una tormenta.

—¡Ah, es ella! Había oído hablar de su talento, pero es la primera vez que la veo —comentó alguien a la ligera—. Es muy hermosa. Realmente no parece una doctora tan rígida como nosotros.

Los asistentes intercambiaron risas discretas, pero el respeto era palpable. Era la nieta de un renombrado doctor y una mujer con una historia intachable en su relación con Dante. Karina había logrado su objetivo: su debut era un éxito total. Todos quedaron boquiabiertos y Karina se sintió como la reina que era.

Karina se dirigió a su abuelo, quien la presentó a incontables figuras destacadas, confirmando su ingreso al equipo de expertos en andrología del Primer Hospital de la Ciudad Chicago como "estudiante de formación especial". Karina no sería una residente. Alguien con su antigua experiencia y renombre, merecía más.

En ese momento, Luciano Stanton, el filántropo y antiguo amor, se acercó a la mesa de los Harroway, y su presencia irradiaba una calma noble que contrastaba con el ambiente. Luciano casi perdió el habla cuando vio a Karina. Lucía tan espectacular como en su soltería, e incluso mejor que cuando la conoció.

—Doctora Harroway —saludó Luciano con una sonrisa genuina—. Es inspirador verte aquí, donde perteneces.

A pesar de ser un filántropo acostumbrado a esas cenas, Luciano buscaba un momento a solas con Karina para entender su verdadero estado emocional. Karina por su parte entabló una apasionada conversación con él sobre su regreso, aun cuando Luciano quería y esperaba más de ella esa noche.

—Karina —continuó Luciano, ignorando la tensión palpable de Julian a su lado—. Me alegra que estés brillando, pero sé que todo esto es una revolución personal. ¿Cómo te sientes de verdad con todo lo que sucede en tu vida personal y con tu casi ex esposo? ¿Necesitas un momento para respirar?

Karina le agradeció la sensibilidad y le sonrió.

—Sí, por favor, me encantaría tomar aire fresco.

Luciano miró al que no consideraba un némesis.

—Julian, ¿me permites un momento a solas con Karina? —preguntó Luciano, con una cortesía que no daba lugar a la negativa.

Julian apretó los labios, pero tuvo que ceder el paso.

—Por supuesto —dijo con una sonrisa cortés.

Karina le dio su mano a Luciano y se dirigieron a los ascensores centrales que unían todas las recepciones del hotel. Luciano le dijo que lucía hermosa esa noche, y que era la persona más fuerte que conocía. Mientras esperaban, las puertas de uno de los ascensores que acababa de llegar al piso se abrieron de par en par.

Dentro estaban Dante Ashworth y Olivia Neely. Olivia estaba descaradamente aferrada al brazo de Dante, sonriendo de triunfo.

Dante, al ver a Karina, se congeló. Ella no solo había desobedecido su orden, sino que había elegido la recepción de su abuelo y, peor aún, estaba acompañada por Luciano Stanton, su antiguo rival en el amor y un pilar de la filantropía rival.

El rojo vibrante del vestido que Dante le había enviado ardía sobre Karina como una burla directa. Olivia fue la primera en hablar.

—Vaya, Dante. Parece que la doctora Harroway finalmente dejó su rincón —dijo sonriente—. Y con el señor Stanton, ¡qué elegante!

Karina sintió el ardor de la humillación, pero su rabia fue más fuerte. Ella no iba a permitir que él mantuviera esa farsa un segundo más. Dante no solo la engañaba interna, sino públicamente.

Se acercó un paso al ascensor y miró a Dante directamente a los ojos, ignorando a Olivia. Su tono era helado y cortante.

—Dante —interrogó Karina, con una calma que lo desarmó—. ¿Ya firmaste el acuerdo de divorcio o estás muy ocupado?

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