6

Luciano siempre fue el mejor amigo de Karina; su confidente, su mano derecha, y el que más la amaba incluso por encima de sus padres y sus hermanos. Era rubio, alto, hermoso, con un corazón donde Karina siempre tuvo un lugar. Karina nunca aprovechó su amor porque Dante apareció en su vida, dejándolo a un lado, sin embargo, siempre que lo necesitaba estaba ahí para ella.

Karina no recordaba la última vez que fue a una fiesta que no fuese las de Dante. Solía ir a muchas fiestas con su familia cuando eran niños y adolescentes. Karina recordaba bien cuando sus hermanos adoptivos se unieron a su familia siendo ella muy pequeña. Y recordaba bien que le preguntó a su padre cómo fue que adoptaron a los hermanos y por qué lo hicieron, y su padre le dijo: yo fui un niño adoptado, y quería darle una mejor vida a esos niños como lo hicieron en su momento conmigo.

Pero también había un oscuro secreto, y era que los padres de Julian y Ana se suicidaron porque tenían muchas deudas, dejándolos solos, y por eso terminaron en el orfanato.

Karina y Teo recibieron a sus hermanos Ana y Julian con mucho cariño, y le dieron todo el amor que solo en el corazón de un hermano habría. Los cuatro crecieron juntos, unidos. Karina fue la mejor amiga de Ana, porque más que una hermana fue su amiga, pero con los años Ana se fue alejando y Julian se fue acercando más y más a Karina, haciéndolos uno solo.

Por eso Julian era el que la acompañaba esa noche a la gala, mientras en otro piso a Dante Ashworth se le retorcían las tripas.

Ana, la hermana menor de la familia Harroway, estaba asomada en la ventana cuando vio llegar a Luciano con Karina. De inmediato corrió a contárselo a Teo, su hermano, quien se asomó con ella y vio como Karina se despedía de Luciano con un abrazo. Las cosas en casa debían estar mal como para volver a la villa familiar.

Ana le preguntó a Teo si él sabía algo, y Teo le dijo que no, porque Karina le pidió que no le contara a nadie lo sucedido con Dante. Teo era un buen hermano con Ana, pero lo que Karina le contaba en confidencialidad, Teo debía mantenerlo en secreto.

Teo fue a la habitación de Karina, y la esperó. A solas sabría que le contaría todo lo que por teléfono no tuvo valor de decir.

Tras Luciano dejarla en la villa familiar, Karina subió a la suite que fue su habitación de soltera. Teo, su hermano, ya la esperaba. El imponente heredero, siempre enfundado en la armadura de un CEO, se erguía junto al ventanal. Sin embargo, su rostro reflejaba una tensión que nada tenía que ver con las finanzas.

Al verlo, el último dique de contención de Karina se rompió. Corrió hacia él y se aferró a su cuello. Por primera vez en tres años, desechó todas las máscaras de la señora Ashworth.

—¡Teo! —sollozó ella, aferrándose a él con una desesperación que el sintió hasta los huesos—. Teo, no tienes idea lo que pasó.

Teo, percibiendo el temblor en el cuerpo de su hermana, la sostuvo con fuerza.

—Shhh, ya pasó, mi pequeña —murmuró él, usando el apodo de la infancia. La separó con suavidad para mirarle el rostro, y limpió sus lágrimas con el dorso del pulgar.

Fue entonces cuando las vio. Los dedos de Dante Ashworth habían dejado cinco hematomas violáceos alrededor de la muñeca de Karina, justo donde la había sujetado con rabia en el comedor.

La calma de Teo se quebró al instante. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, se encendieron con una furia cegadora. Karina era su hermanita, su adoración, la pequeña que salió de casa para formar una familia. Esperaba que Dante se comportase como un hombre con ella, pero esa actitud de infiel era lo peor para todos.

—¿Él te hizo esto? —articuló Teo, con un tono tan bajo que resonó más peligroso que cualquier grito. Acarició las marcas, mientras el dolor de la traición ajena lo golpeaba.

Karina asintió, incapaz de emitir palabra.

Teo no perdió un segundo en el sentimentalismo. Soltó a su hermana, tomó su teléfono y marcó a su asistente con una velocidad implacable. Su forma de hablar no era la de un hermano, sino la del jefe de un imperio declarando la guerra.

—Quiero que suspendas de inmediato los tres proyectos clave de cooperación que tenemos con la Corporación Ashworth, sin excepción —ordenó Teo, mirando por la ventana hacia el horizonte de Chicago, donde la torre Ashworth se alzaba como un monumento a la arrogancia—. Quiero que pague el desgraciado.

La asistente solo debía obedecer, pero conocía las consecuencias de declararle una guerra a sus socios. Habría desde bajas en personal hasta perdida de clientes. Karina estaba ocasionando eso, pero no veía la magnitud del daño casi irreparable.

—Pero, señor, eso tendrá un costo de cientos de millones... —titubeó la asistente al otro lado de la línea.

¿Cien millones? La dignidad de su hermana valía mucho más.

—El costo es irrelevante —espetó Teo, con un tono cortante y definitivo—. El honor de mi hermana vale más que su maldito balance. Notifica a su bufete. Quiero que sepan que el divorcio de Karina es el inicio de la guerra corporativa. Y dile a Dante que espere mi llamada. Será la última vez que me dirija a él.

Colgó sin esperar respuesta y se volvió hacia Karina, con el rostro duro y la mirada llena de amor incondicional. Aunque el resto de la familia se opusiera, él pelearía las guerras de Karina.

Y fue cuando entendió el rencor de Ana hacia Karina. Ana era su hermana adoptiva, y la que siempre estuvo en desacuerdo con Karina porque, según ella, Karina era una peste, que hacía que los mejores hombres dejaran sus valores y sus trabajos por ella. Era una sirena que cantaba y tenía a los hombres a sus pies.

—Él te humilló, Karina, y la familia Ashworth pagará caro —dijo al secar la lágrima en su mentón con el índice—. Pero tú no vas a llorarle a ese malnacido. Tenemos un plan, ¿lo recuerdas?

Karina recordaba poco en ese momento, pero antes de casarse, Teo que estaba en desacuerdo con ese matrimonio porque sabía de que calaña era Dante, le dijo que crearan un plan de contingencia por si a, flamante heredero Ashworth se le ocurría deshonrarla.

Horas más tarde, Teo llevó a Karina a un lugar que Dante nunca conoció: la mansión de su abuelo materno, a las afueras de la ciudad. El abuelo era una eminencia médica retirada y una figura patriarcal venerada en la comunidad científica. El abuelo observó a Karina, y sus ojos sabios escrutaron cada línea de su rostro.

—Así que la niña decidió regresar a casa. Sabía que ese matrimonio con ese hombre frío no duraría —declaró el anciano, sin rodeos—. ¿Te engañó o siempre supiste quién era?

Karina siempre supo qué clase de hombre era Dante. Lo que pasó fue que se conformó o quizá pensó que podría cambiarlo. Pensó que si se retiraba de la medicina y se encargaba por completo de sus asuntos y sus problemas, Dante la amaría, pero no funcionó.

—Abuelo, me equivoqué —admitió Karina, sintiéndose vulnerable y con las lágrimas asomándose en sus ojos.

—Tonterías. Todos cometemos errores. Lo importante es que, por fin, estás lista para el propósito real de tu vida —afirmó el abuelo y sujetó su mano—. Eres una Harroway. Heredaste la habilidad y el carácter de tu madre, quien habría sido la mejor neurocirujana de su generación si no se hubiera retirado temprano para cuidar de ustedes cuatro. Tú también tuviste mejores oportunidades, pero no es tarde. Puedo lograr que esa fascinación por la medicina se convierta en un arma contra tus enemigos.

Si había alguien en el mundo además de Teo en el que pudiera confiar, era su abuelo. Era la clase de hombre en la que podía confiarle su vida si era necesaria, y la cuidaría como suya.

—Abuelo, esta vez me tomaré las cosas en serio. No defraudaré tus expectativas ni las de mi madre —prometió Karina, con una renovada determinación encendiéndola.

—¿Quieres volver al campo?

—Es todo lo que quiero, abuelo.

El abuelo, sabiendo que Karina quería retomar la medicina, actuó con la eficiencia que solo un anciano poderoso poseía. No solo le entregó las llaves de su laboratorio privado en la ciudad, un paraíso de tecnología de punta, sino que personalmente movió sus influencias para conseguirle una plaza de formación especializada en el prestigioso Primer Hospital de Chicago.

—Tu enfoque será la andrología y la salud masculina; un campo poco explorado y lleno de oportunidades. Es hora de que las mujeres tomen el mando en el estudio de los problemas de los hombres —explicó el abuelo, con una chispa en los ojos.

Además, le ordenó un debut inmediato. Le pidió asistir a la importante recepción anual del campo de la andrología que se celebraría en dos días en el Hotel Metropolitan, el más lujoso de Chicago. Era la oportunidad perfecta para que todos conocieran a Karina como la mujer que realmente era, y no como la esposa de Dante Ashworth. Era la solución perfecta a parte de sus problemas.

Karina estaba emocionada. En el pasado, estuvo obsesionada con un amor quimérico, buscando solo casarse con Dante y ser la señora Ashworth. Ahora era el momento de ser ella misma: la Doctora Karina Harroway; la eminencia médica de Chicago.

Sin embargo, el regreso de Karina desestabilizó la frágil paz doméstica, especialmente para sus hermanos adoptivos. Julian Harroway, aunque la amaba en secreto, observaba cómo su hermana biológica, Ana Harroway, se roía por la envidia de llamar la atención del abuelo y de sus padres. La maldita hija volvía y era una competencia con la que no contaba. Después de hacer todo bien.

Ana, dos años menor que Karina, nunca aceptó del todo su rol como hija adoptiva, siempre sintiéndose a la sombra del brillo y la fortuna que correspondía a Karina y Teo. Ella era la hermana biológica de Julian y ese vínculo era lo único que Ana realmente valoraba. Julian y Ana eran uno solo, en lo bueno y en lo malo.

Ana aprovechó la primera oportunidad para socavar la posición de Karina. Fingiendo una compasión excesiva, e informó a sus padres adoptivos sobre el divorcio de Karina.

—Mamá, papá, estoy tan triste por Karina —musitó Ana, con la voz temblorosa por la falsa preocupación—. Pero, ¿no creen que es un poco rápido que la hermana mayor, apenas divorciada o en proceso de divorcio, ya ocupó el laboratorio privado del abuelo?

Julian, que estaba cerca, entendió de inmediato el juego de Ana, pero ella no se detuvo ahí. Ana necesitaba meter más veneno.

—No sé, siento que, si nos vamos, les daremos más espacio. Tal vez les moleste que nosotros, los hijos adoptivos, estemos aquí. No queremos oprimirla, ahora que necesita espacio para su carrera —insinuó Ana, logrando que sus padres se sintieran culpables y comenzaran a ver a Karina bajo una nueva y menos favorable luz.

El plan de Julian sobre el control de la fortuna, había comenzado.

Al día siguiente, mientras Karina se preparaba para su cita con el abogado, dos paquetes envueltos con lujo llegaron al apartamento de Julian. Karina arrugó el entrecejo y se preguntó qué eran.

El primer paquete era grande y ostentoso. Lo acompañaba una tarjeta sin sentimentalismos, con la firma seca de Dante Ashworth. La nota era apenas una orden: «Recepción Anual de Bienes Raíces. Piso 28, Hotel Metropolitan. 20:00. Te espero»

Al abrirlo, Karina encontró un vestido de noche ajustado, de un intenso color rojo carmesí. Era un modelo escotado y audaz, diseñado para exigir atención en un evento de alta sociedad. Dante no la invitaba; la convocaba para mantener su imagen. La recepción se llevaría a cabo en el Piso veintiocho del hotel.

El segundo paquete era de tamaño más modesto, envuelto en papel plateado. La tarjeta de Teo Harroway era directa y estratégica: «La recepción médica requiere acompañante. Tengo un compromiso importante, pero Julian te acompañará. Relájate, sé tú misma y disfruta de tu debut»

Dentro había un elegante vestido color champán, de seda fluida y sofisticada, diseñado para irradiar profesionalismo y gracia. La invitación era a la Recepción Anual de la Sociedad de Andrología, en el Piso dieciocho del mismo Hotel Metropolitan. Dos eventos, dos mundos, en el mismo edificio, y ella era la pieza clave en ambos.

Karina apretó el vestido color champán. Dante la quería en el piso veintiocho, como su adorno. Teo la quería en el piso dieciocho, como la futura eminencia médica.

La guerra no era solo corporativa; era sobre su identidad.

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