Las veinticuatro horas anteriores fueron un suplicio de paciencia, un ensayo de autocontrol que desafió mis dos siglos de existencia. Sin embargo, en el instante en que nuestra unión se consumó, el tiempo dejó de ser lineal; se convirtió en una serie de latidos, jadeos y una fricción que amenaza con incinerar mi lógica.
Ahora, mientras Iraida se mueve sobre mí, no solo siento placer; siento una apropiación absoluta. Mi miembro, enterrado en el santuario de su interior, la reconoce como su hogar