Las manos de Draven no son solo carne sobre carne; son una afirmación de propiedad. Sus dedos, largos y fríos, se aferran a mis glúteos con una intensidad posesiva que me hace estremecer. Cada vez que amasa mi piel, el contraste térmico entre su naturaleza vampírica y mi calor híbrido de loba genera una fricción eléctrica que recorre mi columna vertebral como un rayo. Pero es su boca, moviéndose con una destreza hambrienta sobre mis senos, lo que termina por desmoronar mis últimas defensas.
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