Mundo ficciónIniciar sesiónEl destino de Daemon ha sido sellado. Ahora, para que su prometida despierte, su mejor amiga, Allicent, debe morir. Ese fue el regalo de bodas que la Bruja de las Sombras le dejó a Daemon antes de dejarlo clavado al Árbol Sagrado. Euvic cayó en un sueño eterno, y la única forma de despertarla sería arrancándole el corazón a su mejor amiga. Pasó un año entero odiando esa verdad. Rogándole a Allicent que encontrara una cura antes de que su desesperación lo obligara a sacrificarla. Pero entre batallas y noches de secretos compartidos, el odio se transformó en algo mucho más peligroso: un deseo insaciable por la mujer que se suponía que debía asesinar. Decían que el "beso de amor verdadero" sería lo único que rompería la maldición, pero Daemon besó mil veces a Euvic y nada cambió. El mundo se detuvo el día que, en un momento de debilidad, los labios de Daemon rozaron los de su mejor amiga, Allicent... y su prometida despertó. Ahora ella ha vuelto con una serie de lagunas mentales que esconden traiciones oscuras y un pasado lleno de engaños, dejando a Daemon atrapado entre la mujer a la que le juró amor eterno y la que por ahora daría su vida. ¿Cómo proteges a tu verdadero amor de la persona que se suponía que debías amar?
Leer másCapítulo 1
El Altar de las Cenizas. El Claro de los Elfos nunca se había visto tan radiante como esa tarde; miles de linternas de cristal flotaban entre las ramas milenarias del Árbol Sagrado, bañando la estancia en tonos claros de un ámbar que suavizaba los rasgos feroces de los licántropos. Pero el aire a su alrededor era tan denso que casi se podía palpar con las manos. Por primera vez en décadas, los colmillos de los Lobos estaban guardados y las flechas de los Elfos descansaban en sus aljabas. Era la boda del siglo. Daemon, el Alfa del Norte, permanecía de pie frente al altar de piedra, luciendo una túnica de seda negra que apenas lograba ocultar la musculatura de un hombre nacido para la guerra. Frente a él, Euvic, con su piel hermosa y blanca. Su rostro tan terso como una porcelana. Su vestido blanco, bordado con hilos de plata, brillaba con cada luz que colgaba del imponente Sauce Llorón ubicado en el corazón del Valle, territorio Élfico, como una última ofrenda de paz entre clanes que habían vivido en guerra por años. Ella, la hija renegada del Gran Hechicero, una mujer cuya fragilidad despertaba en Daemon un instinto de protección que él asumía como amor verdadero. —Daemon del Clan del Lobo —susurró el Sumo Sacerdote Elfo, extendiendo una daga ceremonial sobre su hombro derecho—, ¿estás listo para atar tu alma a la de Euvic, hasta que el sol se apague? Daemon miró a Euvic. Ella le sonrió con esa dulzura que siempre lo desarmaba. Él asintió, su voz resonando con autoridad en el silencio sepulcral del claro. —Lo estoy. Hoy la paz deja de ser un tratado y se convierte en sangre. Daemon extendió su mano para tomar la de su novia, pero antes de que sus dedos pudieran rozar la piel suave de Euvic, el aire se cortó. El aroma de jazmín fue sustituido por un olor metálico, rancio. Un alarido que no era humano ni animal desgarró el aire desde el cielo. —¡Cuidado! —el grito de Allicent, que vigilaba desde el primer círculo de guerreros, cortó el aire como un látigo. Pero ya era tarde. El cielo, antes estrellado, se tiñó de un negro absoluto y viscoso. No era una tormenta; eran sombras sólidas que caían como proyectiles. Una lluvia de flechas negras descendió sobre los invitados. Los gritos de júbilo se transformaron en alaridos de agonía en menos de un segundo. —¡Protejan a la novia! —rugió Daemon, intentando abalanzarse sobre Euvic. Pero un silbido distinto a los demás cortó el viento. Una flecha de un blanco amarillento, tallada en hueso de dragón y envuelta en un aura de electricidad estática, atravesó el hombro izquierdo de Daemon. El impacto fue tan brutal que lo levantó del suelo, proyectándolo hacia atrás con una fuerza sobrenatural. El sonido del hueso chocando contra la corteza del Árbol Sagrado fue seco, definitivo. Daemon quedó clavado al tronco, con los pies colgando a un metro del suelo. —¡Daemon! —Euvic gritó, cayendo de rodillas, con los ojos desorbitados por el miedo. —¡Hijo de puta! —Daemon rugió, sus ojos encendiéndose en un azul eléctrico. Sus venas se hincharon, su mandíbula comenzó a alargarse y el vello espeso empezó a brotar de sus poros. Estaba forzando la transformación para romper la flecha y liberarse. Pero en cuanto su lobo intentó salir, un dolor punzante estalló en su pecho. La plata que bañaba la punta de la flecha reaccionó con su sangre de Alfa, quemándolo por dentro. Daemon soltó un alarido de tormento. El humo empezó a salir de la herida, el olor a carne quemada inundó sus sentidos. Su cuerpo volvió a la forma humana de golpe, flácido y empapado en sudor frío. Estaba atrapado. Un Alfa crucificado en su propio día de gloria. En el centro del claro, la neblina se espesó hasta tomar forma humana. Una mujer alta, envuelta en harapos que parecían hechos de humo oscuro, se materializó. Su piel grisácea se veía agrietada y sus ojos eran dos esferas negras brillantes que no se situaban en las cuencas de su rostro, sino que los llevaba en su mano como si fueran un par de accesorios comunes. La Bruja de las Sombras caminó con una elegancia macabra sobre los pétalos de flores, ahora marchitos y manchados de sangre. —Qué boda tan... pintoresca —siseó la bruja. Mostrando una dentadura amarillenta y asquerosa. Su voz sonaba como mil susurros superpuestos—. Lástima que el altar necesite un poco de color real. Euvic, temblando de miedo al sentir la magnitud de su aura, se puso de pie. La desesperación la empujó hacia adelante. —¡Déjalo en paz! —gritó, lanzándose contra la bruja con una pequeña daga que llevaba oculta en su liga. La bruja ni siquiera se inmutó. Con un gesto perezoso de su mano dirigió una tira de sombra que atrapó las muñecas de Euvic en el aire. —Tú eres demasiado débil, no tienes alma de guerrera, no heredaste el poder de tu padre ni la fuerza de tu madre —dijo la bruja, su sonrisa se ensanchó de forma antinatural—. Pero tienes algo que me sirve mucho más. Eres el ancla perfecta. —¡Euvic, huye! —gritó Daemon—. ¡Allicent, sácale de aquí! Daemon luchaba por hablar, pero cada palabra le provocaba un vómito de sangre negra que le manchaba la túnica de boda. Allicent apareció entre los arbustos, con sus dagas gemelas desenvainadas y el rostro salpicado de sangre enemiga. Se detuvo en seco al ver la escena: su mejor amigo clavado al árbol sagrado y la mujer que él amaba suspendida en el aire por una fuerza invisible. —¡Suéltala, maldita bruja! —Allicent se lanzó al ataque con sus dagas de plata, pero la bruja soltó una carcajada que hizo vibrar el suelo. —Demasiado lento, cachorra sin lobo. Observen cómo se rompe un vínculo. La bruja extendió su mano hacia Allicent y luego hacia Euvic. Un hilo de energía roja brotó del corazón de la guerrera y se incrustó directamente en el pecho de la novia. Era el "Hechizo del Espejo de Sangre". Allicent sintió un tirón violento en su pecho, como si le estuvieran arrancando las costillas desde adentro. Cayó al piso de golpe, de rodillas y jadeando violentamente mientras veía cómo la piel de Euvic empezaba a perder todo rastro de color. —¿Qué... qué has hecho? —susurró Allicent, sintiendo un vacío gélido donde debería estar su aliento. La bruja soltó a Euvic desde lo alto, quien cayó al suelo como una muñeca de trapo. Daemon, desde el árbol, golpeó el tronco con su mano derecha, desesperado. —¡Euvic! ¡Despierta! ¡Maldita sea! Pero Euvic no respondió. Sus ojos se cerrarony lentamente y su piel se volvió tan pálida y fría como el mármol de una tumba. Su respiración se detuvo, aunque su corazón seguía latiendo en un ritmo lento, casi imperceptible, que Allicent podía sentir dentro de su propio pecho. La Bruja de las Sombras se acercó a Daemon, ignorando sus maldiciones. Le tomó la barbilla con sus dedos largos, obligándolo a mirarla. —Ella no está muerta, Alfa. No todavía —la bruja giró sus ojos hacia Allicent, quien seguía en el suelo, inmovil, aunque temblando bajo el peso del hechizo—. Sus destinos se han unido. Pero el hilo que las mantiene atadas es tan fino como letal. Daemon escupió sangre a los pies de la bruja. —Mátame a mí si quieres, pero déjalas libre. Déjalas ir —insistió él, su voz rompiéndose por primera vez en milenios. La bruja soltó una carcajada seca y se desvaneció en el aire, dejando tras de sí un eco que heló la sangre de los supervivientes. —Cuida bien tus pasos. Guerrera. Y tú, Daemon, disfruta de tu agonía —la sentencia final flotó en el aire como una promesa maldita—. Euvic solo despertará cuando el corazón de la guerrera deje de latir. Allicent miró el cuerpo inerte de su amiga y luego los ojos suplicantes de Daemon. El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos de la batalla. El Altar Sagrado de los Elfos se había convertido en testigo de su destrucción.Capítulo 10Pacto de Sangre y Sombra.La primera noche sin Allicent fue un descenso directo al noveno círculo del infierno. El claro, que antes parecía un refugio bajo la vigilancia de la guerrera, se transformó en una tumba abierta.Sin el calor de su cuerpo, el frío del Sauce se volvió voraz, succionando el calor de los huesos de Daemon como si fueran médula. Recordaba cada palabra cruel que le había escupido a la cara a la única persona que se había quedado a su lado cuando el mundo entero le dio la espalda.Morgath, por supuesto, no permitía que el silencio durara demasiado.El Nigromante estaba ahí, sentado sobre la raiz de un árbol frente al Sauce, bostezando con una teatralidad exasperante.—¿Escuchas eso, "gran Alfa"? —preguntó Morgath—. Es el sonido de tu relevancia desapareciendo. Tic, tac. Ella no va a volver, ¿sabes? Se habrá dado cuenta de que el bosque es mucho más divertido que cuidar a un perro rabioso clavado a un árbol.—Cállate, Morgath —masculló Daemon. Tenía los
Capítulo 9La Sombra del Desprecio.El crujido del Árbol Sagrado resonó con fuerza en el aire cuando Allicent cayó al suelo. El estallido de energía oscura había sido tan potente que las Hadas de Polvo se desintegraron en el acto y los Elfos retrocedieron, cubriéndose los ojos.Daemon, atrapado por las raíces que se apretaban con saña sobre sus tobillos, gritaba el nombre de su guerrera, pero su voz se ahogaba en el humo negro que brotaba de la flecha.De repente, el aire se volvió gélido. Un olor a flores muertas y tierra húmeda inundó el claro. Las sombras del suelo empezaron a subir, arremolinándose hasta tomar una forma humana.—Vaya, vaya. Pero qué espectáculo tan... conmovedor. El olor a perfume Élfico barato casi me da ganas de vomitar, si todavía tuviera estómago para ello, claro.El Nigromante apareció con una elegancia insultante. Vestía túnicas de seda negra y portaba un báculo de hueso humano que brillaba con una luz verde enfermiza. Era un hombre de facciones desfigurada
Capítulo 8El Primer Intento de Fuga.Dicen que detrás de la tormenta llega la calma, pero esta vez el amanecer no trajo paz, sino una bruma espesa que se arrastraba por el suelo. El Sauce Llorón manaba una savia viscosa y el silencio era tan denso que el crujido del tallo a lo lejos sonó como un disparo.Allicent estaba sentada al pie del árbol, con la espalda apoyada contra el tallo negruzco. El aire entre ellos pesaba más que las nubes de la noche anterior.Daemon rompió el silencio con su voz demasiado débil.—No... voy a llegar a la próxima luna, Allicent.—No digas estupideces. El frasco de la boticaria te dará tiempo. Encontraremos la forma. —El tiempo no sirve de nada si el alma se está filtrando por un agujero —replicó él. Sus dedos, largos y ahora demasiado delgados, acariciaron la flecha de hueso de dragón que sobresalía de su hombro.—Conseguiré arrancarte de ese maldito árbol, aunque me cueste...—Siento el Plano de las Sombras, Allicent. Escucho los susurros de los ca
Capítulo 7Confesiones bajo tormenta.Allicent no llegó a cruzar el umbral de la habitación de Euvic. Antes de que su mano girara el pomo de la puerta, el cielo del Valle se desgarró con una violencia que pareció un insulto de los Dioses. No fue una lluvia gradual; fue una colisión de agua y estática que tiñó el cielo de un gris oscuro.El aire se volvió pesado, cargado del olor metálico que precede a la destrucción.El Sauce Llorón, con sus ramas ennegrecidas por el veneno de la flecha, comenzó a vibrar. El hueso de dragón, anclado en el hombro del Alfa, funcionaba como un receptor maldito.Cada vez que algún trueno retumbaba en las montañas, la flecha vibraba en el hombro de Daemon con la fuerza de un taladro, arrancándole alaridos que el viento se tragaba sin piedad.—¡Maldita sea! —gritó Allicent, girándose hacia el claro.Vio cómo un rayo de luz blanca impactó con fuerza en una de las torres Élficas más apartadas, desintegrando la piedra como si fuera ceniza. Los Elfos, esos se
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