El silencio en el despacho es distinto hoy. Ya no es el vacío opresivo que dejó la partida de Iraida, sino una calma tensa, casi vibrante, que me recuerda a la calma antes de una tormenta. Han pasado exactamente los tres días que le otorgué a esa híbrida. Tres días que, en mi arrogancia, dediqué a esperar su fracaso, a buscar cualquier excusa para expulsarla y demostrarle al Consejo de Ancianos que mi manada no necesita las manos de una "impura".
Pero el destino, o quizás la burla divina, tuvo