El pulso me martillea en la cabeza con una cadencia que no es de excitación, sino de pura, helada y asesina rabia. Hace apenas unos minutos, mis dedos aún se entrelazaban con el cabello de Iraida, mi reina, mi alma gemela, mientras el aroma de nuestra unión saturaba la alcoba. La piel de ella, suave y vibrante bajo mis manos, aún debería estar buscando mi calor en las sábanas. Debería estar enterrado en su interior, escuchando sus jadeos y reclamando cada centímetro de su ser como la dueña abso