Pasaron semanas desde la caída de Roque Mendoza.
La ciudad, antes gris, manchada de sangre y fuego, comenzó a respirar. Al principio eran suspiros cortos, débiles. Pero eran reales. Lo suficiente para que los ojos de la gente se abrieran de nuevo. Para que los corazones, apretados por años de miedo, se atrevieran a latir más fuerte.
Los rumores que hablaban de un joven que se enfrentó solo a los Mendoza se convirtieron en historias. Y las historias, en símbolo. “Santi”, decían algunos. “El