La tarde caía lentamente sobre Villa Carranza. El sol se filtraba a través de los árboles resecos, pintando el mundo con tonos naranjas y ocres. En el refugio, el ambiente era más tranquilo, pero la tensión aún vivía en cada rincón. Santi necesitaba aire. Y Sarah, sin decir una palabra, lo acompañó.
Se alejaron caminando por los caminos de tierra que rodeaban el lugar. Los dos sabían que el descanso era momentáneo, pero ese momento de calma era valioso. Tras unos minutos de silencio, llegaron