Roque Mendoza ya no era un hombre. Era una sombra arrastrándose por lo que quedaba de su imperio. Atrás habían quedado sus hombres, sus aliados, su control. La mansión había sido abandonada, y los que quedaban lo habían hecho por miedo o por rendición. Solo quedaba él. Y el odio.
Gerardo había muerto con un disparo limpio en la cabeza, cortesía de Luna. El Flaco se había desangrado en el suelo tras recibir un disparo en el abdomen de Sofía. Su círculo de confianza había sido destrozado por el