La sala de guerra en la mansión Mendoza estaba más viva que nunca. En una larga mesa de roble, planos de la ciudad, fotografías satelitales y registros de vigilancia cubrían casi cada centímetro. Roque Mendoza caminaba de un extremo al otro con las manos detrás de la espalda, sus pasos marcaban un ritmo seco y constante.
—No pueden haber llegado muy lejos —decía mientras apuntaba con una vara metálica a uno de los mapas—. No con una niña enferma a cuestas. No con hambre. Están cerca. Se mueven