La madrugada caía como un manto espeso sobre Danma City. Las sombras eran más densas que nunca, y en Villa Carranza no se oía ni el canto de un perro. La ciudad parecía contener la respiración.
Santi revisaba su escopeta en silencio. Aquella que había pertenecido a Silvio Mendoza, el hermano de Roque. La misma que Sarah le había quitado. Ahora, con la madera aún marcada de sangre vieja, el arma volvía a ser útil para otra muerte necesaria.
—Todo listo —dijo Luna desde la esquina. Su pistola,