Luna avanzaba en silencio por las calles derruidas del distrito 12. El sol apenas asomaba entre los edificios quebrados y las antenas oxidadas. Llevaba la pistola cargada, los sentidos en alerta, y un mapa mental grabado en su cabeza desde sus días como contrabandista.
El hospital estaba donde lo recordaba: una mole gris de concreto, sin puertas, sin ventanas. Abandonado después de una redada hace cinco años. Aún olía a ceniza y a muerte.
Entró sin hacer ruido, deslizándose como una sombra. E