El cuerpo de Silvio Mendoza estaba sobre una mesa fría, aún vestido con la ropa empapada en sangre. El disparo en la rodilla había destrozado el hueso. El del pecho le había vaciado los pulmones. El tercero, en el centro de la frente, lo había silenciado para siempre.
Roque Mendoza lo miraba sin pestañear. El resto de la habitación, un viejo almacén convertido en morgue privada, permanecía en completo silencio. Solo se oía el zumbido de las luces fluorescentes, como moscas atrapadas en una bot