El aire en los túneles se volvía cada vez más denso. Olía a humedad, a óxido, a miedo. Zarella mantenía a Indira envuelta en una manta térmica improvisada, sus ojos atentos a cada sombra, a cada eco que rebotaba en los muros curvos del subsuelo.
Sarah caminaba adelante, con una linterna débil en mano y la pistola en la otra. No hablaba. No dormía. Desde la muerte de Silvio, algo en ella se había quebrado… o más bien, se había afilado.
Santi cerraba la marcha. Sus pasos eran pesados, sus pensa