La noche caía pesada sobre el refugio improvisado que Luna llamaba “hogar”. Era una fábrica abandonada en el borde sur de la ciudad, donde las torres de concreto se inclinaban como cadáveres cansados. Entre cortinas hechas con mantas viejas, un viejo calentador a gas chispeaba débilmente. Santi dormía en un colchón improvisado, su respiración lenta pero estable.
Luna se sentó a su lado, con una taza de café instantáneo en las manos. Sus ojos grises observaban la oscuridad por la ventana rota,