El amanecer se abría paso entre los escombros como una promesa rota. Sarah sostenía una taza de hojalata con un caldo tibio entre las manos, sentada junto a una fogata apenas visible. A su lado, Zarella afilaba su cuchillo con un trozo de metal oxidado. Indira dormía en una colchoneta vieja, envuelta en varias mantas. Su respiración seguía siendo débil, pero ya no jadeaba como antes. Las medicinas que habían encontrado, aunque escasas, le habían dado algo de alivio.
—Parece que la va a contar