Santiago avanzaba por el sendero polvoriento con pasos largos, la pistola firme contra el costado del muslo. El aire estaba pesado, cargado de un olor a pasto aplastado y a hojas húmedas, y apenas se filtraba luz entre las ramas torcidas que parecían formar arcos oscuros sobre el camino. Desde hacía horas, Santi seguía pequeñas pistas que se negaban a desaparecer: una huella ligera sobre el barro, ramas rotas, marcas recientes en piedras cubiertas de musgo.
No sabía exactamente por qué se fiaba