Los neumáticos crujían sobre la grava suelta del camino mientras la camioneta blanca se alejaba de Danma City a toda velocidad. Dentro del vehículo, Zarella iba atada de pies y manos, con un trapo sucio anudado que le cubría la boca. Sus ojos grandes, humedecidos por el llanto, miraban sin comprender lo que sucedía. Su respiración era un jadeo corto, salpicado por sollozos contenidos.
En los asientos delanteros, dos hombres reían con esa carcajada hueca que tienen los cobardes cuando sienten qu