Santiago apenas podía con sus piernas. Había caminado casi sin detenerse durante dos días completos, arrastrando el cuerpo como si estuviera hecho de plomo, pero empujado por una fuerza ciega que le quemaba el pecho. Dormía de a ratos, apoyado contra troncos o rocas, la pistola siempre al alcance de la mano.
El bosque empezaba a abrirse hacia una zona de claros. El sol caía de lado, tiñendo el cielo de un naranja intenso, mientras el canto de los insectos llenaba el aire como un coro inquietant