La penumbra de la habitación estaba cargada de una electricidad estática, rota solo por la respiración entrecortada de ambos. Victtorio la tenía aprisionada contra las sábanas de seda, sus manos grandes y rudas encuadrando el rostro de Aria con una mezcla de adoración y terror.
—Aria, escúchame… —su voz era un rugido bajo, una súplica desesperada—. No eres tú. Es la droga la que habla por ti. Mañana me odiarás más de lo que ya lo haces.
Aria negó con la cabeza, sus ojos dilatados brillando co