La casa Valverde olía a café recién hecho y a una culpa vieja que se pegaba a las paredes como el moho.
Aria estaba sentada en el sillón, rígida, con las manos entrelazadas sobre el regazo hasta que los nudillos se tornaron blancos. Sofía permanecía a su lado, alerta, con los ojos saltando de una sombra a otra, como si el aire mismo pudiera materializar a un captor. Frente a ellas, sus padres parecían espectros de lo que alguna vez fueron; el peso de sus errores les había encorvado la espalda.