El olor a combustible quemado todavía flotaba en el aire cuando Victtorio descendió del auto. Los primeros rayos del amanecer apenas tocaban el puerto, pero el suelo seguía tibio, lleno de cenizas y restos del incendio. Luca caminaba detrás de él, tenso, con la mandíbula apretada.
Los contenedores del muelle estaban abiertos como cadáveres destripados. Humo negro se elevaba lento entre los charcos de agua sucia que los bomberos habían dejado atrás.
—Fueron ellos —dijo Luca con voz grave—. Nos e