El otro muelle estaba casi vacío. Solo el crujido viejo de la madera y el golpe del agua contra los pilotes parecía acompañar a Victtorio mientras avanzaba, la mandíbula tensa, los ojos encendidos por la humillación que todavía le ardía en el pecho.
El viento nocturno le revolvía el cabello y hacía chocar las cuerdas de los barcos vacíos. El lugar olía a gasolina, sal y algo metálico… como si la escena misma quisiera advertirle algo.
Victtorio caminó directo hacia el punto donde uno de sus homb