La habitación estaba cargada.
El aire parecía moverse solo cuando Aria respiraba… y ni siquiera eso era estable.
Victtorio avanzó hacia ella con pasos lentos, medidos, como un depredador que ya sabía que la presa no tenía salida.
Aria apretó los muslos de forma inconsciente, y esa reacción —mínima, involuntaria— fue lo primero que él notó.
Y sonrió.
No fue una sonrisa amable.
Fue una sonrisa de dominio.
—Quédate quieta —ordenó con voz baja, casi un murmullo áspero.
Aria sintió las rodillas flaq