La oficina del senador Adrián Vega era un santuario de sombras y poder. Las cortinas gruesas bloqueaban la luz de la ciudad, dejando entrar apenas una bruma azulada sobre la alfombra persa. Raquel entró balanceando las caderas, pero sin perder la dureza en los ojos. Ella sabía leer a los hombres como cartas descubiertas.
Vega ni se levantó.
—Siéntate.
—Prefiero estar de pie —respondió ella, apoyando una mano en la mesa de caoba.
Vega sonrió por primera vez.
—Así que la famosa Raquel. La que se