La penumbra del pasillo se vio interrumpida por el suave clic de la cerradura. Isabella, impulsada por una mezcla de desesperación y la orden directa de Vega de seducir a su exmarido, empujó la puerta con la confianza de quien aún se cree dueña del territorio. Sin embargo, el aire denso y cargado de la habitación la golpeó como un impacto físico.
No había soledad, ni reflexión, ni rastros de una charla tensa. En el centro de la cama, bajo la luz mortecina de la chimenea, Victtorio tenía a Aria