La tensión en el jardín estalló como una granada de fragmentación en el momento en que Aria se alejó hacia los rosales para responder la llamada de su madre. Isabella, con los ojos inyectados en una furia líquida, no esperó un segundo más. Se lanzó sobre la mesa con un gruñido, extendiendo sus manos como garras hacia el teléfono de Sofía.
—¡Dame eso, maldita mocosa! —rugió Isabella, perdiendo toda la elegancia que le quedaba.
—¡Ni lo sueñes, voyerista de cuarta! —le espetó Sofía.
Sofía, que ya