La fiesta comenzó a apagarse poco después de la medianoche. Los invitados más importantes ya se habían marchado, dejando tras de sí el eco de risas, perfume caro y murmullos que se perdían en los enormes pasillos decorados con oro y mármol. Aria sentía las piernas entumecidas, la cabeza pesada y el corazón reducido a un nudo tenso. No sabía si era cansancio, miedo o ambas cosas mezcladas en un torbellino insoportable.
Sus padres se acercaron primero para despedirse.
La madre de Aria temblaba.