La noche no fue noche. Fue una tortura lenta.
Aria permaneció completamente inmóvil en su lado de la cama, temblando bajo la sábana de seda. Victtorio respiraba con calma a pocos centímetros de ella, como si dormir junto a un cuerpo aterrorizado fuera lo más natural del mundo.
No la tocó.
No dijo una palabra.
Pero la sensación de su presencia era peor que cualquier amenaza.
En algún momento, él se dio vuelta y su pierna rozó la de ella. Aria contuvo un grito en su garganta. Victtorio abrió un