El eco del cuerno aún resonaba en los oídos de los seis miembros de la manada Luna Creciente cuando salieron de la arena. El aire fuera estaba más fresco, perfumado con incienso y hierbas medicinales. Un amplio salón de piedra los esperaba, dispuesto con camillas, mesas de agua, tazones de frutas y equipos de sanadores. Cada manada tenía su propio espacio, delimitado por estandartes con sus símbolos.
El contraste era brutal: dentro, la selva era mortal; aquí, todo parecía un santuario. Los sana