El amanecer llegó con un murmullo distinto. No eran tambores, ni entrenamiento, ni voces apresuradas. Era un movimiento silencioso, organizado, casi reverente. Cuando Diana salió al balcón de la habitación que Viktor le había asignado temporalmente, encontró a varias mujeres decorando el círculo central de la manada.
Hilos plateados.
Velas negras.
Flores blancas.
Piedras lunares.
Una energía vibrante llenaba el aire.
Viktor apareció detrás de ella, pasando los brazos por su cintura sin decir pa