El aire en la cabaña olía a madera y resina, a descanso tras la batalla. Afuera la luna creciente se alzaba orgullosa, como si vigilara a los suyos. Dentro, los seis integrantes de la manada se habían dispersado: algunos se duchaban, otros apenas se dejaban caer en los sillones, todavía con el polvo del torneo en la piel.
Emili, aún con el corazón latiendo fuerte, se retiró a su habitación. Tomó su comunicador, se dejó caer en la cama y marcó el número que conocía de memoria.
—¿Aló? —la voz gra