La herida ardía como fuego. El desgarrón en el muslo izquierdo palpitaba a cada movimiento, recordándole a Emili que, aunque había resistido, había estado demasiado cerca de no contarlo. Adrián la había llevado en brazos hasta su casa, depositándola con cuidado en un amplio sillón de cuero frente a la chimenea encendida. El calor de las llamas bañaba la estancia con una luz dorada y trémula, y el silencio era tan espeso que casi podía escucharse el latido de sus corazones.
Cuando el sanador lle