Adrián aún sentía en los labios el calor del beso de Emili cuando comprendió que aquel no era el momento. No podía permitirse perder el foco, no con la herida de ella fresca, ni con el futuro de toda la manada tambaleándose tras el ataque. Pero tampoco podía engañarse: la puerta entre ellos ya no estaba cerrada. Algo había quedado abierto, latiendo, prometiendo.
Se quedó un rato más en la sala, observando cómo el rostro de Emili recuperaba algo de color mientras descansaba en el sillón. El sile