Capítulo 21.

Salí del baño todavía con el sabor de sus besos en la boca, con la piel erizada y el corazón golpeando como si me hubiera tragado fuego. Me odié por eso. Odié el temblor en mis manos, la respiración agitada, ese calor bajo la piel que no quería admitir. No era mío, no podía serlo. Era de la otra, de la Camila muerta, la sumisa, la que se dejó traicionar y no supo defenderse. Yo no. Yo había aprendido a sobrevivir, a matar con la cabeza fría. Y sin embargo… ahí estaba, perturbada, con la memoria
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