EPÍLOGO — UN IMPERIO PARA NUESTROS HIJOS.
Han pasado veinte años desde que maté a Eros en aquel bosque abrasado, un acto que marcó el fin de una guerra y el comienzo de nuestro reinado. Desde el balcón del palacio de Zafir, con sus torres negras ahora cubiertas de enredaderas verdes que trepan como venas vivas, observo un imperio que respira paz. La ciudad abajo bulle con vida: los mercados rebosan de especias, telas de colores brillantes y el tintineo de monedas, el aire cargado de aromas a pan recién horneado, cuero curtido y humo du