CAPÍTULO 124 — LOS TRILLIZOS.
El palacio de Zafir bullía con una energía renovada al amanecer, el sol filtrándose por las ventanas altas del dormitorio imperial, proyectando rayos dorados sobre las cunas de madera tallada. Alexandra despertó con el llanto suave de uno de los bebés, su cuerpo aún dolorido por el parto, las sábanas pegadas a su piel por el sudor nocturno. Se incorporó despacio, el aire oliendo a leche tibia y pañales frescos, y miró las tres cunas alineadas junto a la cama. Carlos, a su lado, abrió los ojos,