La casa rodante tenía muchos lujos, pero no podía ocultar su mayor defecto: un baño diminuto. Una cabina blanca con una ducha estrecha, un espejo empañado y espacio apenas suficiente para moverse. Yo lo había evitado todo el viaje, bañándome en los hoteles donde parábamos, pero esa mañana no había excusas. Me levanté medio adormilada y fui directo al baño.
No escuché el agua correr porque había otro de los escoltas conduciendo el vehículo y el ruido del motor lo cubría todo. Abrí la puerta sin