260. El dulce veneno en la copa dorada.
La sala del banquete respira un aire espeso, como si las velas ardieran más despacio y el humo se enroscara en los techos cargado de conspiraciones que nadie se atreve a nombrar; las copas tintinean, las sonrisas se esfuerzan en parecer sinceras, pero yo sé —como siempre sé— que en algún rincón de la mesa la traición ha sido servida con el mismo cuidado con el que se decora un pastel envenenado.
El mayordomo deposita frente a mí una copa dorada, su brillo refleja la danza de las llamas, y yo ac