598. El que se arrodilló levanta la cabeza.
El patio queda en silencio después de la explosión.
No un silencio limpio. Es un silencio roto por brasas que chisporrotean, por respiraciones agitadas, por el olor a piedra quemada.
Las líneas doradas siguen marcando mis manos. Pulsan bajo la piel, vivas, como si acabaran de despertar de un sueño demasiado largo.
Kael se acerca despacio. No me toca de inmediato.
—Névara —dice, firme—. Mírame.
Lo hago.
Sus ojos recorren mi rostro buscando algo que lo tranquilice. No lo encuentra.
—Estoy aquí —l