261. Celos.
La noche se abre como un abanico de terciopelo sobre los techos del palacio, y mientras camino por los pasillos iluminados por antorchas que dejan lenguas de sombra sobre los muros, siento el rumor de un incendio contenido, un calor que no proviene de las llamas, sino de la mirada insistente de mi joven aprendiz, esa doncella que alguna vez se presentó temblando y que ahora, tras mis enseñanzas, comienza a descubrir en su piel la certeza de que la inocencia no es más que un velo que se arranca