187. El altar del deseo.
La noche huele a incienso y a secretos, la piedra del pasadizo húmedo resuena bajo mis pasos como si cada eco fuera un anuncio de condena, y su mano me guía, fuerte, posesiva, hacia un lugar que hasta ahora había mantenido oculto, un templo enterrado en las entrañas de la fortaleza, un santuario donde no hay testigos ni voces ajenas, solo sombras que tiemblan con la luz de antorchas y símbolos grabados en los muros que parecen palpitar con un poder antiguo.
Cuando las puertas se cierran detrás de nosotros, el silencio se vuelve tan espeso que casi puedo morderlo, y entonces él me mira con ese brillo en los ojos que mezcla deseo y fe, lujuria y delirio, y sé que lo que quiere no es solo mi cuerpo, sino un pacto sellado en carne, un rito que lo consagre no ante dioses, sino ante mí, como si yo fuera el altar y la divinidad al mismo tiempo.
—Aquí nadie nos interrumpirá, Névara —dice, mientras acaricia mi rostro con la yema de los dedos, y su voz suena reverente, como si estuviera a punto