187. El altar del deseo.
La noche huele a incienso y a secretos, la piedra del pasadizo húmedo resuena bajo mis pasos como si cada eco fuera un anuncio de condena, y su mano me guía, fuerte, posesiva, hacia un lugar que hasta ahora había mantenido oculto, un templo enterrado en las entrañas de la fortaleza, un santuario donde no hay testigos ni voces ajenas, solo sombras que tiemblan con la luz de antorchas y símbolos grabados en los muros que parecen palpitar con un poder antiguo.
Cuando las puertas se cierran detrás